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miércoles, 18 de enero de 2012

Un Mundo Blanco (Segunda parte)

El Señor Tortuga llega al Mundo Blanco



Al recobrar el conocimiento, todo era dolor. Un dolor indescriptible. Incapaz de moverme, sentí mi cuerpo incandescente, el sabor de la sangre en mi boca, un horrible mareo y desorientación. Sólo pude gritar. Aún con los ojos cerrados, supe que estaba destrozado, latigazos de un dolor inhumano sacudían implacablemente cada parte de mi cuerpo. Eché la cabeza a un lado y vomité. Apenas podía respirar. Iba a morir allí, dondequiera que estuviese, tendido en un frío suelo, temblando de dolor y angustia. Sentí el olor de mi propia carne quemada, y volví a vomitar. No quería abrir los ojos, me aterraba que mi cuerpo estuviese la mitad de maltrecho de lo que el dolor sugería. Recé en silencio, suplicando a quien fuera para que todo terminase cuanto antes. Y entonces, de entre toda esa agonía, renació un pensamiento: 

Miss Marple.

Abrí los ojos, levanté la cabeza. Me encontraba en una gran sala, de blancas paredes. No se veía puerta o ventana alguna, el suelo relucía marmóreo, frío. Descubrí con horror que mi cuerpo, como sospechaba, estaba en carne viva, tendido sobre un charco de mi propia sangre. Mi cuerpo se convulsionó mientras expulsaba un vómito invisible. Aullé, impotente y desesperado, incapaz de levantarme y perseguir a la criatura que había raptado a Miss Marple. “¿Será esa tu mayor hazaña, Señor Tortuga, cantarán los trovadores la historia del necio que durante diez segundos intentó rescatar a su amada?” Mi mente cínica no me daba tregua, me decía que sin lucha no hay gloria, que no hay honor en la imprudencia. Lloré. Y entre lágrimas descubrí que no estaba sólo. Divisé por primera vez dos cuerpos al fondo de la sala, tendidos en el suelo. Desde mi posición apenas podía distinguir nada, pero no hacía falta acercarse para saber que estaban muertos. Blancas eran sus vestiduras, manchadas de sangre. Intenté arrastrarme hacia ellos, entre gemidos y espasmos de dolor. Desviaba de mi mente las preguntas obvias e inútiles que se haría cualquiera en mi situación. “¿Dónde estoy? ¿Que está pasando? ¿Por qué?” Prioridades, paso a paso, la situación ya me iba bastante grande como para abordarlo todo a la vez. Continué mi patético avance, eso era lo único que debía importarme en ese momento. Medio metro, esa fue toda la distancia que pude recorrer, pues una luz blanca volvió a brillar. A pocos metros de los cuerpos otro círculo apareció en el aire, igual que el que acabada de atravesar. Se me aceleró mi debilitado corazón, y el miedo que sentí ante la monstruosidad oscura reapareció. Esperé, conteniendo el aliento, el regreso de ese ser, quién seguramente venía a rematarme. Sin embargo, no fue oscuro lo que del círculo emergió, sino un hombre, alto y fornido. Su piel era pálida como la nieve, su calva refractaba la mágica luz. Vestía una túnica blanca, ceñida por un cinturón blanco del que colgaban pequeños saquitos y algunos objetos extraños. Iba descalzo, y sujeta a su espalda llevaba una larga y extraña guadaña. Nada más salir del agujero me miró fijamente, y luego a los dos cadáveres. Se acercó a ellos y se arrodilló. Pude ver su cara adoptar una expresión de asco, y murmuró algo incomprensible. Había algo en él que me daba seguridad, quizá sus gestos templados, su paso decidido. Advertí, a pesar de la distancia, unos ojos sinceros. Alcé la cabeza, y reuní las fuerzas que me quedaban para pedirle auxilio.

-¡Aquí! -Grité - ¡Ayuda!

Giró la cabeza, sorprendido. Seguramente me había dado por muerto. Se levantó de un salto y empezó a correr hacía mi, ágilmente, con una velocidad sobrehumana. Descubrí entonces que había calculado mal las distancias, pues al tenerle cerca me pareció mucho más alto de lo que en un principio había creído. Pasaba de largo los dos metros, y su expresión de ira no auguraba nada bueno para mí. Me propuse tranquilizarle, pero antes de que pudiese hablar metió su mano en uno de los saquitos de su cinturón, y al llegar a mi lado me tiró a la cara un puñado de algo que identifiqué como tierra húmeda.

-Terga basan… -Le oí decir con asco, justo antes de perder el conocimiento.

Y el dolor desapareció, y me sumí en un sueño eterno. Me vi, ligero, recorriendo a grandes saltos las nevadas cumbres de anónimas e infinitas montañas, persiguiendo una figura negra que desaparecía en cuanto la miraba. Soplaban vientos huracanados a mi favor, me alzaban liviano para que diera caza al mal que habitaba esos montes, montes que parecían emerger de las nubes. Surqué durante milenios un cielo diurno y estrellado, saltando entre unas montañas cada vez más altas, siguiendo el eco disperso de la voz de Miss Marple. Una risa cruel me susurraba que jamás podría atraparles, el viento me decía que no dejara de luchar. No había fatiga, ni temor, sólo estaba ella. Ella, inconsciente, tendida sobre la cumbre de la montaña más alta, esperándome. La vi, al fin, y salté por última vez. Entre nosotros se alzó, titánica, la gigantesca y amorfa oscuridad, con sus ojos rojos mofándose de mí. Apreté mi puño, y con furia desafié a la nube negra, dispuesto a acabar con ella de una vez. Lancé mi golpe final, un golpe que jamás llegaría a su destino. Mi cuerpo se volvió pesado de nuevo, y caí en picado, entre las nubes, oyendo impotente la risa de mi enemigo victorioso. “Jamás será tuya.”

Aterricé en una cama, cálida y mullida, y abrí los ojos, aún confuso por extraños sueños que era incapaz de recordar. Me encontraba en una especie de estancia, bastante pequeña, de forma ovalada. Parecía una cueva, perfectamente tallada en la roca por hábiles manos. Estaba vacía, a excepción de mi cama. Había una puerta de madera, cerrada, y una pequeña ventana circular por donde pude ver el mismo cielo con el que había soñado. Era de día, pero centenares de estrellas brillaban con fuerza e iluminaban la habitación con un resplandor blanquecino. Entonces me di cuenta, ya no sentía dolor. Miré mi propio cuerpo, con temor, y descubrí asombrado que mis heridas habían desaparecido sin dejar rastro. Alguien me había quitado mis ropas quemadas y me había puesto una especie de mono de manga corta. Era de un color ocre claro, que sentí suave y liviano como la seda. Intenté levantarme, pero mis manos estaban firmemente encadenadas a la pared. 

-¡Eh! -Grité -¿Hay alguien ahí?

Al instante oí unas voces al otro lado de la puerta. Se abrió, y al acto un pequeño y blanco ser entró corriendo. Saltó sobre mí. Era, sin duda alguna, la segunda cosa más extraña que había visto jamás. Parecía un primate, por su rostro homínido y su larga cola, pero tenía el cuerpo rechoncho y las orejas grandes y peludas de un koala.  No medía más de cincuenta centímetros y estaba recubierto de un pelo blanco y apelmazado, más parecido a la hierba que a un pelaje convencional. Sus ojos eran enormes, y negros parecían brillar de inteligencia. Se sentó sobre mi pecho, con las piernas cruzadas, y se limitó a observarme con una sonrisa traviesa en su cara. Le devolví la sonrisa, tuve la certeza que no era peligroso. Miré hacia la puerta, alguien más había entrado sin que me diese cuenta. Reconocí al hombre que me había tirado esos polvos a la cara. No llevaba la guadaña ni el cinturón, pero su expresión de asco era la misma. A su lado había otro hombre muy parecido a él. Llevaba la misma túnica blanca y sin adornos, aunque era algo más bajito y rechoncho que su compañero, y su expresión tendía más al odio que al asco. Ambos carecían de pelo en la cabeza, y de sus orejas colgaban los mismos aros dorados. Había algo raro en ellos, en su complexión, que no había advertido la primera vez. Sus hombros parecían más anchos que los de un hombre, y sus pies y manos bastante más grandes. Su cabeza estaba ligeramente ovalada, sus ojos, de un azul celeste, parecían levemente más separados de lo normal. Su nariz era enorme, su boca de una amplitud inusual. Eran altos, algo grotescos, pero en conjunto no parecían muy distintos de un ser humano. No me atreví a aventurar su edad. Nos quedamos en silencio unos segundos. Murmuraron algo entre ellos, nerviosos, y el más bajito de los dos dio un agresivo paso adelante.

-¡Terga basan! ¡Ro tesc jubaria cas! -Gritó, señalándome con el dedo, fuera de si.

Entonces, su compañero le cogió por el hombro y le susurró algo al oído. Pareció calmarse y asintió con la cabeza para luego salir de la habitación con paso seguro. El mono blanco, por llamarlo de alguna manera, había seguido la escena con interés y miraba a mi captor con una sonrisa interrogante. El hombre me miró fieramente, y luego se dirigió al bicho sentado en mi estómago.

-Goba, degan -Dijo secamente.

Entonces, el extraño animal levantó los brazos, chillando con júbilo. Se volvió hacia mi y me abrazó el torso con fuerza. “¡Eh! ¡Suelta!”. No me hizo caso y unió sus piernas al abrazo. Su cuerpo empezó a calentarse con rapidez, y su pelo parecía resplandecer. Había algo confortable y familiar en ese calor,  su gesto destilaba ternura por todas partes. Apretó entonces su cara contra mi pecho, y mis ojos contemplaron nuevamente lo imposible. Su cuerpo empezó, de alguna manera, a fundirse parcialmente con el mío. Intenté resistirme, sacudiéndome y pataleando, pero no tardé mucho en claudicar. Sentí que mi mente se aclaraba, como si estuviera surcando pacíficamente las aguas mi pasado. Volvió a mí la emoción de sentir el amor por primera vez. Fue como si Miss Marple me estuviera mirando fijamente a los ojos, diciéndome que todo iría bien. Justo cuando decidí entregarme por completo a esos sentimientos, el extraordinario ser se levantó de un salto, separando nuevamente nuestros cuerpos. Me miró, directamente a los ojos. Había algo raro en su mirada, empatía quizá. Luego bajó de la cama y corrió alegremente hacia el que aparentemente era su amo. Saltó y se agarró a su torso, repitiendo el mágico abrazo que había usado conmigo, fundiéndose nuevamente con otro ser. Tras unos segundos se separaron y el mono blanco se subió a los hombros del hombre, donde se puso a dormitar tranquilamente, agarrándose a la cabeza de su amo. Él le acarició los brazos tiernamente, y me miró. Su expresión había cambiado por completo. Sonreía tristemente, como pidiéndome perdón. Se acercó lentamente a mi cama, y abrió mis grilletes. Me tendió la mano y me ayudó a levantarme. Nos quedamos frente a frente.

-Mis disculpas, Señor Tortuga -Me dijo, hablando mi idioma a la perfección - La desconfianza es la maldición de este tiempo.

4 comentarios:

  1. Y esa última frase bien merece mil reverencias, por acertada, por sincera y por saber verla.
    "Genialoso"!!

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  2. Para mí, no podrías elegir mejor género. Amo la ci-fi Fantasy y conociéndote se que la manejaras de una manera más que correcta. Continúe por favor.

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  3. Perdona que demorara tanto en comentar, la verdad es una gran Historia atrapa al lector y generas expectativa, sobre todo si te demoras tanto en poner la continuación :-P
    Un besote.

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